Página literaria de
  Franklin Gutiérrez
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       Factura y otros papeles , o la trascendencia del tiempo



Por Franklin Gutiérrez


   En los albores de los 70, mientras algunos  de mis compa
ñeros de generación literaria devoraban hasta el cansancio
Re-
sidencia en la tierra
y Canto General, de Pablo Neruda, y otros
tarareaban el legendario poema de Ernesto Cardenal “Oración
por Marilytn Monroe”, o uno de sus salmos incendiarios, a mí
me dio con leer a Jaime Sabines, Roberto Juarroz, Carl Sandburg
y César Vallejo. Del primero valoraba su tacto artesanal para
percibir e irreverenciar la muerte. Del segundo, la punzante trans-
parencia y la brevedad plural de sus versos. Del tercero, su con-
vicción de que “La poesía es el diario de un animal marino que
vive en tierra y anhela volar y del cuarto, la solemnidad y la pasión
con que enfrentaba el dolor humano.  

   Hoy día, cuando muchos colegas han trocado el aprendizaje
de nuestros años de grandes y a veces irrealizables sueños, por
una posición política que supla los alicientes estomacales deman-
da dos por sus familias o que satisfaga los reclamos sociales del
momento, aún transitan en mi memoria, con sabor a palabras
descontaminadas, versos como: “Cuando tengas ganas de morirte /
no alborotes tanto: / muérete y ya” (Sabines) o “La desnudez es
anterior al cuerpo / Y el cuerpo algunas veces lo recuerda” (Juarroz)  

   Fue en la casi medianía de esa década, justamente cuando abrazábamos
El viento frío, de René del  
Risco, para apaciguar el estropeo emocional heredado de la Guerra de abril de 1965, que  escuché
por primera vez esta sentencia: “El Secretario de Estado \ tiene a su secretaria en estado.” Ese
brevísimo poema me remitió reiteradas veces a Nicanor Parra, otro bardo de moda entonces por sus
sugerentes artefactos y antipoemas, cuyos dardos filosos aspiraban amainar la furia de los todavía
restantes dictadores  lati-noamericanos que cercenaban el ímpetu revolucionario de la juventud de esa
época.

   Como mi interés en descubrir a quién se le había ocurrido esos estruendosos,  compactos y
cristalinos versos sobrepasaba mi curiosidad, pronto indagué que el autor de los mismos se llamaba
Luis Manuel Ledesma. Luego leí en suplementos y revistas nacionales algunos textos suyos
dedicados a los oficinistas, los cuales me resultaron   frescos como pan recién cocido y, al mismo
tiempo, altamente reveladores del desasosiego político que padecía la sociedad dominicana.   

   Nunca tuve contacto con Ledesma en Santo Domingo. Jamás vi su rostro ni intercambiamos una
sola palabra. El salió de República Dominicana en 1976, rumbo a New York, yo hice lo propio un año
después hacia el mismo destino. Desde entonces, y hasta hace poco tiempo, lo único que nos unió
fue el exilio y el ejercicio literario. En el transcurso de esos casi seis lustros el poeta Alexis Gómez y, en
parte, Tony Rafúl se encargaron de mantenerlo fresco en mi memoria pues eventualmente, aunque
sabían de nues-tra desconexión, me preguntaban por él.

   Ahora, treinta años después, nos han unido emocionalmente dos cosas. Primero, Poemas de la
reina del Bronx River, un poemario de alto vuelo creativo de Miriam Ventura, a punto de ver la luz
pública, que hemos adoptado como nuestro hijo, porque ella nos ha declarado sus padres por encima
de cualquier cosa. Y segundo, Facturas y otros papeles, primer libro de Ledesma que acaba de ver
publicar la Editora Nacional de la República Dominicana, cuyos textos guardan la misma frescura que
cuando los parió a principios de los 70.

   Los poetas, como cualquier otro mortal, son también manjar de los gusanos o polvo de los
crematorios, pero su poesía, cuando lo es de verdad, alcanza la eternidad y renace en cada lectura
como brote de río embravecido. Y los textos de Facturas y otros papeles disfrutan del privilegio de la
perennidad.

   Latinoamérica tuvo muchos poetas subversivos en los 60 y 70. En no pocas oca-siones el discurso
político trazó las pautas del decir poético y consagró voces como las de Ernesto Cardenal, Nicanor
Parra, Roberto Fernández Retamar, Enrique Lihn, José Emilio Pacheco, Antonio Cisneros, Roque
Dalton y Luis Rogelio Nogueras. Algunos de ellos, como Dalton y Cisneros fueron receptores del
entonces prestigioso premio Casas de las Américas.

   En el ámbito dominicano afloran a mi memoria:
Arribo de la luz y La guerra y los cantos (1965),
ambos de Miguel Alfonseca; el celebrado
Viento frío, de René del Risco, del cual ha dicho Pedro
Conde que: “…expresa el desgarramiento del personaje atrapado entre la retórica del pasado y la
realidad del presente”
Sobre la marcha, de Norberto James y Fómulas para combatir el miedo, de
Jeannette Millar, entre otros. Estos poetas, y la mayoría de su generación, transitaron entre un
desgarrante pesimismo-optimismo que al decir de Conde expone “…la resaca de la guerra, la
aceptación obligada de las limitaciones del ambiente, el reingreso a un presente sacudido pero
intacto, medianamen-te soportable por la confianza en un futuro.”

   La extirpación del cáncer político que motivó el grueso de la lírica dominicana de los 60 y 70: la
represión política, se encargó de sepultar el tono aguerrido de muchos bardos de esa generación.
Algunos textos de esa época han sobrevivido, pero la mayoría han sido carbonizados por el fuego de la
ignorancia. Sin embargo, dos episodios fundamentales ayudaron a Luis Manuel Ledesma y su poesía
a liberarse de la hoguera. Uno fue su escape del contaminado escenario geográfico que generó sus
primeros textos y, otro, el tono emblemático y vigoroso de su poesía.          

  
 Facturas y otros papeles consta de tres partes: a) Facturas y otros papeles, b) Panfletos y, 3) Otros
poemas. La primera parte, formada por 31 textos, escudriña un área laboral de ejercicio universal y de
matices complejos: el servicio oficinesco y, consecuentemente, el oficio secretarial. Los poemas de
esta sección del libro exhiben dos vertientes interesantes. Una que nos remonta a los años 60 y 70,
recordándonos que el tradicional correo terrestre perdió la batalla contra el veloz internet; que los
taquígrafos, mecanógrafos y archivistas, sucumbieron ante la aparición de diestros digitadores de
datas y de programas especiales computarizados; que las facturas y los documentos de cobros ya no
se escriben en las rudimentarias máquinas Olliveti, Underwood, Remington y Olim-pia, sino en
modernas computadores.  

   La otra vertiente alude a la parte humana y social del oficio secretarial. Los secretarios, ejes motores
de los trabajos oficinescos hasta inicios de los 70, han sido lentamente desplazados por las
secretarias. A diferencia de los secretarios, las secretarias son servidoras públicas o privadas
marcadas por una realidad social que supera ampliamente la remuneración económica que devengan
por su labor. Frecuentan en periódicos y revistas latinoamericanos anuncios como: “Se solicita
secretaria, joven, de buena presencia y dispuesta a viajar”. La capacidad importa poco porque en esos
anuncios, lo que los funcionarios realmente buscan es una amante. Para muchos empleadores, una
excelente secretaria no es alguien que satisfaga las demandas laborales de sus empresas, que ma-
neje una oficina o despacho con propiedad, que tenga buenas relaciones humanas, sino alguien con
habilidad suficiente para ocultarlos en situaciones embarazosas, para canalizar sus encuentros
amorosos y quien, además, esté presta a complacer sus pretensio-nes sexuales.          
   
   La apariencia física, el vestuario delator del atractivo corporal y, habitualmente el coqueteo, son
condiciones casi esenciales para una chica asegurar un puesto secretarial, pues de ese modo
mantiene la armonía con sus colegas y elevado el morbo de su empleador. El poema “Secretaria”, de
Facturas y otros papeles, retraba fielmente esa situación:

           Los senos de la secretaria
           Viven al aire
           Transparentan
           Por la fina tela del blusón
           Duplicados
           Casi en pública subasta
           Ayudarán a sobrellevar la quiebra
           Se levantan en los párpados del jefe
           Porfían con los 8
           Y con la Q
           Son su prevención contra despidos
           Y reajustes del personal.
           Quién se atrevería a botar esas tetas.  (pag. 33)

   Para los hombres de los 60 y 70 que todavía permanecían en las tareas secretariales, ser oficinista
era aburrido y desconcertante. Su rutina consistía en:

           Afeitarse lunes
           Cambiar repuestos a bolígrafos y lapiceras
           Operarse de los riñones
           Leer horóscopos
           Darse baños para alejar las malas influencias
           Echar su lagrimita   
           Arreglar sueños
           Retratarse de medio cuerpo
           Pulir firmas
           Desperezarse. (48)

   Ambas situaciones, incomodas igual para los hombres como para las mujeres, tiene actualmente la
misma vigencia que cuando Ledesma la describió en
Facturas y otros papeles, casi cuarenta años
atrás. Todavía los oficinistas se desperezan en sus sillas y asisten a los bautizos de los hijos de sus
superiores, y las secretarias continúan organizando los cumpleaños de sus colegas, ordenando las
flores que el patrón enviará a sus amantes,  y guardando los desarreglos personales de sus jefes,
como secretos laborales.   

   Esta primera parte de
Factura y otros papeles concluye con un pluralema titulado “Hoja de registro
del auxiliar Ledesma” que lo acerca sobremanera al Pluralismo. En efecto, el 27 de febrero de 1974,
cinco días después del poeta Manuel Rueda haber dictado en la Biblioteca Nacional de República
Dominicana la conferencia “Claves para una poesía plural, Luis Manuel Ledesma firmó,
conjuntamente con Diógenes Valdez, Marcio Veloz Maggiolo, Manuel Simó, Alexis Gómez Rosa y
Mrgarita L. de Espaillat un documento de adhesión a la propuesta de Rueda de formar un movimiento
literario que privilegiara un arte plural e integral, mediante el uso de la multilineadad y multitextua-lidad.

   Ese movimiento llamado Pluralismo aportó a la lírica dominicana obras como Banquetes de
aflicción (1979), de Cayo Claudio Espinal, y El fabulador (1980) de José Enrique García, quienes
partiendo de los postulados pluralistas, y en muchos casos modificando y enriqueciendo éstos con
nuevos elementos formales marcaron el sendero de que poco tiempo después sería la Generación
literaria dominicana de los 80. Pese a esos legados de Espinal y García, Luis Manuel Ledesma fue,
formal y conceptualmente el más fiel de los adeptos de Rueda. Incluso, el contenido de sus textos
pluralistas está más al alcance del consumidor común de poesía que los de su propio maestro. Están,
definitivamente, más empapados de pueblo.   
   
   La segunda parte, “Panfletos”, contiene 13 poemas de extensión, forma y contenido epigramático,
más dos textos medianamente extensos. En esta sección de
Facturas y otros papeles, Lesdema
recurre al esquema del epigrama, creado y practicado en demasía por los clásicos de la antigua
Grecia, y muy de moda en la Hispanoamérica de los 70, para censurar la insensatez de aquellos
políticos y gobernantes que recurrían a discur-sos enmarañados para jugar con las debilidades y
necesidades de los pueblos indefensos.             

   Los procesos electorales latinoamericanos correspondientes a la época en que fueron escritos los
panfletos de
Facturas y otros papeles eran siempre turbios y los resultados generalmente terminaban
atrofiando la esperanza de los electores. Ledesma observa con ojo tejedor dicho drama, cuando dice:

           Ese pueblo allá indefenso
           Sobre el nivel del mar
           Celebra sus elecciones
           Con el solo privilegio
           De elegir a sus verdugos.  (76)     

   Preciso es también el poeta cuando visualiza y desvela el accionar de los gobernantes y funciona-
rios de entonces que recurrían al fraude electoral para perpetuarse en el poder, sin importarle en ab-
soluto las aspiraciones de la población para la cual gobernaban.  

           Los funcionarios buscan sus horóscopos
           los opositores consultan a su bruja favorita.
           El superior Gobierno
           Abre una caja llena de carcajadas. (87)  

   “Otros poemas”, la tercera parte del libro apenas tiene cinco poemas: “Una mujer en el sexto piso”,
“Variación de blanco sobre oscuro”, “Canción de la buena muerte”. “Canción a la hermana bien
amada” y “Los alipios.” Son textos más sosegados, menos incendiarios y más autoreflexivos, en los
que se percibe una alta dosis de melancolía y, a veces, de desesperación sin llegar, claro está, al
ahogo emocional. El propio poeta observa que “nada de lo resplandeciente constituye luminosidad”
(pag. 100)   

   Lo digno de celebrar en
Facturas y otros papeles es que sus textos han logrado tras-cender el
tiempo airosamente. Eso, para satisfacción y tranquilidad de quienes por casi tres décadas espera-
mos un tanto angustiosos el debut público definitivo del poeta Luis Manuel Ledesma. ¡Viva la buena
poesía…! Salud, poeta.
     
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